domingo, abril 21

La Gran Inundación

Siempre llega la mañana,
justo a tiempo.
Daniel Melero

Ya pasó una semana y dos días. Vuelve a llover, una lluvia mansa que llena el patio de pájaros bajando a cazar lombrices, entre los pilones de fotocopias, libros, revistas que la inundación mojó para siempre. La lluvia es suave pero lo que el cuerpo recuerda no. Ha de pasar mucho tiempo hasta que la lluvia mansa nos sea mansa, hasta que no sintamos el miedo de lo que puede ser la lluvia, la lluvia cuando quiere y las ciudades han crecido pero quienes las edifican no.
En medio de la oscuridad apenas iluminada por una vela y una linternita de juguete azul, las ideas son poco claras y uno salva cosas inverosímiles: una caja de pañuelos (que bien me vienen ahora, que no paro de llorar), un mouse que ya no funciona y un montón de diskettes para un cpu que quedó bajo el agua,
Pero la primer noche, nosotros, que bajo quién sabe que claridad tuvimos la lucidez suficiente como para ir salvando el colchón sobre bancos apilados sobre sillas, pudimos dormir sobre nuestra cama sucia y nuestro colchón casi seco. La primer noche, mientras agradecíamos esa calma de poder irnos a dormir en nuestro colchón, nuestra cama, incluso con la casa hediendo, dada vuelta, sucia tan sucia, muchos otros dormían bajo techos extraños, porque ya no había un techo propio. Otros dormían bajo el agua, o en un cajón para siempre, tan húmedos que parecía una tarea imposible cremarlos. Sin embargo hacer desaparecer los cuerpos que no debían estar ahí era necesario, y se los hizo arder, recordando prácticas de épocas anteriores, cuando los cuerpos también debían desaparecer.
No puedo más que ponerme a escribir, para sacudirme esto de encima, y para que en el relato quede el recuerdo de lo que pasó, para que cuando las casas sequen quede este texto mojado, cuando los cuerpos ardan quede este texto ahogado, para que cuando todos olviden, o recuerden menos, quede esta memoria.
Me cuentan que hubo chicos que lo único que salvaron cuando tenían que irse de sus casas porque el agua lo tapaba todo fueron sus mochilas de la escuela, que días después no sufrieron la vergüenza de no tener útiles, u hojas o la tarea de la semana anterior. Me cuentan que hubo hombres que no podían reponerse del horror de haber atado cuerpos a las rejas de sus casas para que los muertos no siguieran nadando inanimados y se perdieran en las boca de tormenta, como muchos otros. Me cuentan que unos hombres salvaron a otros hombres, tendiéndoles la mano en medio de la oscuridad para resguardarlos en la seguridad de un árbol; y que mujeres tendieron sus cuerpos atados a sogas para que otras mujeres y sus hijos subieran a la seguridad de los techos en la noche. Me cuentan que unos se gritaban a otros, subidos a los árboles de las plazas, para no dormirse y que en el sueño plácido se los llevaran las aguas. Me cuentan de medianeras derrumbadas que ya no separarían un patio del patio de los vecinos porque los vecinos desaparecían bajo ellas.
Camino por el barrio y busco en la geometría de las fachadas de las casas la línea que dibujó el agua con barro y aceite y pedacitos de árboles y, diez días después ya no está. Pero yo sé que eso pasó. Lo saben los hombres y las mujeres que exponen sus muebles a la mirada de todos para que sequen, y que cuando empieza a caer el sol dicen “entrémoslos, mañana será otro día, dios quiera que haya sol”. Lo saben los hombres y mujeres que sacan a la mirada de todos, indiscretos, sinvergüenzas, los desechos de lo que era su pasado, sus recuerdos, sus fotos y cartitas de amor, sus ropas viejas llenas de agujeros y sus vestidos casi nuevos que usaron tan sólo para el casamiento de… ¿te acordás? Esa noche tampoco había sol pero qué bien lo pasamos. Lo saben los chicos, que no entienden sus juguetes abandonados en el cantero de la vereda ni el reto de mamá ¡no toques eso! Eso que eran sus juguetes y de algún modo ya no. Lo saben también los que sentados en el trabajo miran los papeles y les cuesta no pensar en el agua, en la lluvia, no asociar subsuelo con “cuánta agua les habrá entrado” sin importar que estén hablando de un subsuelo en Buenos Aires o en Timboctú, quién sabe si lloverá en Timboctú, quién sabe si las lluvias allí serán tan violentas como acá, que se llevan todo, los recuerdos, los muebles, la gente y sus perros. Lo saben los pibes sentados en el escalón de afuera de la vereda, mientras sus madres esperan a que les den un bidón de agua, uno de lavandina, un poco de ropa, algún colchón si hay suerte. Lo saben esos que se llevó el agua, sus cuerpos lo dicen, ¿no lo ves? Sus cuerpos hinchados, abandonados en cualquier posición, en cualquier lado, contra un árbol, en un automóvil convertido en pecera, sus cuerpos flotando en el fondo de los desagües.

2 comentarios:

Pablo Gungolo dijo...

muy buen relato, manuela, triste obviamente, muy triste... saber que el agua también es olvido y muerte, muerte material e inmaterial, muerte para lo que dure la palabra siempre, las cartas de amor, los vestidos y las fotos esa despersonalización de los que quedaron vivos. Saludos
Pablo

manuela lc dijo...

Gracias!
Abrazo grande, Pablo.